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lunes, junio 20, 2011

PRESO EN EL FESTIVAL DE LAS ABEJAS



Llegue en la tardecita.
Recién bañadito, con los Blue Jean y los championes Pampero recién entrenados.
El humo de las parrillas y los medios tanques, se elevaba como niebla y el sólo aspirar ese olorcito, provocaba que las tripas se retorcieran y quejaran.
Todo era actividad.
Por los altoparlantes, se incitaba a la gente a jugar al “avioncito”, a probar las tortas que tan amorosamente habían preparado las mamás de los alumnos, las empanadas y tantos otros manjares.
Todo estaba pronto, en el escenario, para la actuación de variados números artísticos que hasta, en alguna oportunidad, incluyeron a los mismísimos Iracundos.
Había caminado unos pocos metros, desde el portón que da a 18 de julio, cuando dos “policías”, me tomaron de un brazo y me dijeron que estaba preso.
-¡Pero loco, recién llego!
¿Quien fue, decime quien fue, por favor?
No largaron prenda, se dedicaron a llevarme hasta la cárcel y ante la sonrisa socarrona del carcelero me depositaron dentro de una especie de cuadrado, rodeado de rejas de las más variadas especies.
No estaba dispuesto a pagar la “fianza”, así que me bancaria los 15 minutos detrás de las rejas, para lo que alguien, había pagado.
El carcelero contaba la plata, que guardaba en una caja de zapatos.
Los otros presos pagaban su fianza y se iban en libertad.
Yo no me podía dar ese lujo, porque no me quedaría plata para un buen choricito al pan, alguna torta de chocolate y algún refresco.
El carcelero miraba cada tanto un reloj que tenía sobre una mesa roja, de coca cola, cuyas patas de lata, dobladas por el uso, apenas mantenían el equilibrio.
A los 15 minutos recobraría mi libertad.
Los compañeros de clase y amigos que pasaban por la cárcel, se burlaban y aumentaba mi sensación de ser una especie de animal exótico en exhibición.
Lo que más me molestaba era que el carcelero y los “policías” se reían a carcajadas.
Cuando me soltaron, mi única preocupación era saber quién me había metido preso.
Pero ni los “policías” ni el carcelero soltaban una palabra.
Eran códigos que se respetaban a rajatabla.
Pero mi alegría duro poco.
A poco de haber recuperado la “libertad” noto que dos “policías”, con la sonrisa de oreja a oreja, caminaban derechito hacia donde yo estaba.
¿Otra vez?
-Si ¡dale que te tenemos que llevar!
En la “cárcel” me encontré con un compañero de la amplificación, donde solíamos hacer nuestras primeras armas en ese vicio del micrófono.
Y fue él, el que aclaro mis dudas.
¿Sabes quienes nos esta mandando presos?
¿Quiénes?
Fulanita y menganita.
En esa época, era habitual que si te gustaba alguien lo mandaras preso.
Era una forma, poco ortodoxa, sin dudas, de demostrar que esa persona te interesaba.
Haaa... ¿tas seguro?
¡Completamente!
Cuando volví a recuperar la libertad me dedique a disfrutar de un choricito al pan, recorrer las mesas de Tortas y tomarme un refresco, antes que cayera preso de vuelta.
Como me sobraron unas monedas, decidí probar suerte en el Avioncito.
Y me gané, raro en mí, un perrito de peluche.
La busque con la mirada durante bastante tiempo, pero era tanta la gente amontonada en el patio del Colegio que no pude verla.
Me preguntaba como hacían para ubicarme a mí, los malditos “policías”.
Todo ese tiempo me rondo en la cabeza la idea de mandarla presa, después de todo, a mi me gustaba, pero no le pagaría con la misma moneda.
Así que busque a un amigo de fierro, de esos que nunca fallan y le dí un encargo.
Que la ubicara y le llevara de regalo el perrito de Peluche.
Eso sí, con pena de muerte en la horca, en la plaza Constitución, si le decía de quién era
el perrito.
A los 15 minutos, más o menos, retornó mi amigo con un palito helado, de chocolate y crema.
¿Y esto?
Imitando al agente 007, miraba para todos lados, mientras hacia una mueca horrible con la boca y hablaba entre dientes.
-Te lo manda Esshaaa-
¿Queee?
¡Esshaaa Gil!!Agarralo que esta mirando!
Perooo…..cuando quise acordar el agente encubierto se había perdido en la multitud.
¡A este lo voy a matar!
Me comí el palito helado detrás de una columna, para que ella no vea, que cedía a sus encantos.
Hasta que los vi venir, con la maldita sonrisa de oreja a oreja y ahora si, no tenía ni un mango para la fianza.

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